martes, 22 de enero de 2013

La prostituta que no recuerda su edad.

Regresando con las pilas recargadas luego de unas cortas vacaciones...les dejo un articulo del blog: Crónicas Marcianas que me encanto. 

Con su oficio a veces recibe dinero. A veces solo comida. Pero clientes nunca le faltan. Para esta dama olvidada, el sexo con desconocidos es la única forma de recibir afecto en sus últimos años de vida.

«Te dijeron que venía y te arreglaste. Yo aguardaba en esa conocida pollería de la avenida La Colmena y tú llegaste con Paul y Demelsa, quienes te habían recogido de la otra manzana, tu manzana. Demelsa entró y me dijo que te habías arreglado para mí, que eras muy coqueta. Luego entraste y un ligero vaho de colonia se abrió camino entre los humores aceitosos que llenaban el local. Te habías puesto linda. Tus uñas eran celestes. Tenías escarcha en las mejillas. Casi ni probaste el cuarto parte pierna de pollo a la brasa que te invitamos ─en ese momento sospeché que por modosería─ y lo pediste para llevar. Ellos se fueron. Hablamos poco. Te fuiste. Yo todavía no sabía que tenías más de setenta años. 
 Paul te conoció entre los años 2002 o 2003. Te vio en la avenida, frente al cine porno Le Paris, aguardando clientes como lo haces desde hace dos décadas. Esa vez, cuando se acercó y te dijo que quería hacerte fotos, lo miraste en silencio y te fuiste. Tuvo que volver otro día, invitarte un café y explicarte respetuosamente que, en verdad, lo que quería era conocerte. Retratar tu vida. Recién entonces aceptaste. Él cree que lo que te persuadió fue que supo escucharte. Inspirarte confianza. Es verdad: Paul es así. Es el tipo más confiable del mundo. 
 Pero fue a mí a quien le contaste por qué te fuiste de tu casa, a los veintitantos, a vivir a la calle. Las discusiones con tus hermanas y tu padre, que se volvieron insoportables después de que tu cuñado quiso violarte y tu hermana no te creyó y tu padre, después de un tiempo de falsa indignación, te dio la espalda. Me hablaste de esas primeras noches durmiendo en las escaleras del Cine Teatro Colón, en una esquina de la Plaza San Martín. De cuando un día un tipo que te vio allí muerta de frío te invitó a pasar la noche en su hotel y que, en agradecimiento, le diste calor y sosiego a su cuerpo. No, no, no eras una prostituta entonces, eso me queda claro. Eras amiga de ellos. Porque después de ese primer tipo hubo varios otros. Nunca les cobraste. Comida y abrigo, por esos fríos días, eran más que suficiente».
  «A Paul también le hablaste de tus amores, es verdad. Del policía con el que te comprometiste joven antes de irte de la casa de tus padres. Y del militar que un día te recogió del Cine Colón y te alquiló una habitación en San Juan de Lurigancho, cerca de donde él vivía con su mujer y sus cinco hijos. Estuviste con él siete años. No te importaba que tuviera familia; de algún modo eras feliz sabiendo que había un hombre que cuidaba de ti. Pero lo dejaste... o él te dejó... Esos días ahora parecen tan lejanos. 
 Esta vez yo he pasado por ti a La Colmena. Son las diez de la noche y te encuentro sentada en la puerta de una tienda cerrada, casi escondida, conversando con un vendedor de encendedores, lupas y fundas de teléfonos celulares. A diferencia de Madonna y las otras chicas de la manzana, que van de un lado a otro en la esquina con el jirón Cailloma, tú no te luces. No quieres o quizá no lo necesitas. Muchos de los tipos que pagan por tu compañía son viejos conocidos. Hombres que encuentran en ti algo que, sea lo que fuese, ninguna de las otras mujeres se lo puede dar.
 Como el muchacho que viene de vez en cuando y que a ti te produce tanta pena. Está en la universidad, tiene novia, pero quizá nunca sea tan feliz como cuando entra contigo a la habitación del hotel y se desviste y se coloca tu falda, tu blusa y tus zapatos. Luego lo masturbas. Es un chico bueno, agregas.
 También era bueno el joven con el que Paul te retrató. Fue el único de tus clientes que aceptó que un fotógrafo estuviera presente en el momento en que lo atendieras. Al principio pidió dinero pero Paul le explicó que no quería pagar por un modelo sino fotografiar una prestación real. Accedió. Esa noche se fueron los tres a un viejo hotelito que está en una de las esquinas de la Plaza San Martín. El cuartelero los miró raro pero les dio la llave. Una vez que apagaron las luces, Paul les dijo que a partir de ese momento él no existía. Tú, que lo quieres tanto, atendías al chico pero a la vez te preocupabas por que Paul tuviera buenas fotos y le decías «¿Así está bien?» y Paul te mandaba a callar diciendo «¡Ana, yo no estoy aquí!». 
Damos vueltas en busca de un lugar tranquilo para conversar y terminamos regresando a tu manzana, a un restaurante decorado con ese estilo tan limeño a medio camino entre la pollería, el restaurante turístico y el chifa chino. Allí nos sirven aguadito y estofado de pollo. Me cuentas que hace una hora se te acercó un hermano evangelista. Te pidió que leyeras la Biblia y entonces tú le enseñaste el viejo ejemplar del libro sagrado que llevas en tu cartera a todos lados. Claro que la lees. Te sabes pasajes enteros de memoria». 

 «No sentiste nada especial el primer día que te detuviste a esperar clientes en la esquina de La Colmena y Cailloma. No, nada de miedo. Ya estabas entrando a los cincuenta años. Te pregunto por qué llegaste a la calle a esa edad y no termino de entenderte. A ratos divagas. Empiezas una idea y es como un tallo al que a los pocos minutos le va creciendo ramitas y más ramitas. Solo entiendo que desde esa época no tenías trabajo ni hijos ni nadie que cuide de ti. Exactamente como ahora. Sé que cuando conociste a Paul, hace una década, le dijiste que tenías 63 o 65 años. A mí me dices lo mismo. No estoy seguro de que mientas por coquetería o porque en verdad no lo sabes. Elijo creer lo primero. Cosas mías. 
 Ahora me cuentas del caballero adulto mayor que te viene a buscar ayudándose con su bastón y te lleva a la función continuada del Le Paris. Él mira las películas y tú le das placer inclinando tu rostro sobre su butaca. Un cliente antiguo a quien te refieres como una de tus «parejas» también te llevaba a ver películas para adultos en el viejo Cine Balta de Barranco. Una vez satisfecho, él se dormía y tú te dedicabas a mirar la pantalla, ocupada por falos enormes y entrepiernas sin depilar. Dices que allí aprendiste varios de los trucos que hoy utilizas con tus clientes. Por eso, cuando te preguntan si te gusta el cine, te entran las risitas. Como ahora. 
 Cerca de la medianoche, de camino al paradero, dos tipos pasan mirándonos y a la distancia uno de ellos nos grita «¡Provecho!». Me ofendo y estoy a punto de gritarle algo en respuesta pero te veo sonreír, divertida. Y me pregunto qué otra cosa imaginaría yo si veo a un tipo caminando al lado de una mujer que sé que pertenece a la calle. Pensaría lo mismo. Me pregunto cuántas veces le habrán gritado lo mismo a Paul cuando caminaba contigo escuchándote y conociéndote por las aceitosas calles de Lima durante todos estos años. Planeo preguntárselo. 
 Pero ahora está acercándose al bus que te conducirá al Rímac, a la casita de tus hermanas a la que finalmente regresaste. Ya no hay peleas entre ustedes, apenas hablan y nunca de las cosas que haces por las noches para llevar dinero a casa. Te han entrevistado en televisión y en la prensa un par de veces así que asumes que lo saben y que, en todo caso, vivir como si nadie supiera nada es lo mejor para todos. Ellas no saben que tienes un amigo que en los últimos diez años te ha retratado hasta el alma, que te invita a cenar siempre que te encuentra y que te compra regalos en tu cumpleaños. Alguien para quien no solo eres una meretriz anciana que sigue entregando su añoso cuerpo a cambio de unos soles. Que no te ve solo como la vieja Ana de La Colmena, la vieja Ana de la calle». 

Un reportaje de Óscar Miranda. 
Fotografías de Paul Vallejos. 
 * En original, Ana de la calle. Texto publicado en la revista Fotógrafos, edición número dos, Así es como el tiempo pasa, enero de 2013.

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1 comentario:

  1. Hermosa historia, ya decía yo que bien redactada, era un reportaje. Me encantó.

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